Unidad Móvil Cultural

¡Ahí va el diablo!

Llevo mucho tiempo observando la autoconstrucción y el diseño implícito en las estructuras llamadas informales. Personalmente considero que muchas son inspiradoras, hay en el ingenio constructor (sin ingenieros ni arquitectos) una libertad creativa que el maestro albañil aprovecha para experimentar o practicar modestas invenciones que son grandes consideraciones a sus clientes, me pregunto entonces si ¿no es el albañil la figura multidisciplinaria mas grande de la construcción?, un equipo que construye con sus manos los detalles que acaba de platicar en corto con la dueña y que resuelve en obra con lujo de conocimiento técnico y antropométrico. El problema es que no hay garantías de que esa magia vaya a suceder.

Los resultados hablan por sí solos, estas casas se parecen más a sueños que a vanguardias y ahí sí, se vuelven un manifiesto ingenuo de una idiosincracia personal. #NeoFolklorismoConceptual contiene una parte de las cosas que me han sorprendido en recorridos por la calle. No puedo dejar de pensar que en la dualidad del virtuosismo y la falta de habilidad (o consideración) se pueden llegar a sublimar las necesidades del cliente. Aún así hay muchos temas que permanecen sin atención, mientras más nos alejemos de los campos profesionalizados, más trabajo como diseñadores vamos a encontrar, sin embargo esto va acompañado de mucho escepticismo, porque estamos hablando de cosas que todo mundo da por sentadas, que no se deben modificar a la ligera porque ya son soluciones prácticas.

Hace dos años en conversaciones con Laura Bordes —psicoterapeuta educadora en Museos— salió el tema de la necesidad de itinerar sus talleres de descontextualización de objetos cotidianos. Todo estaba en una caja, que ha ido creciendo y adaptándose conforme era necesario, y había alcanzado un grado de frustración para poder llevarla de un lado a otro.

El diablito es una unidad mínima de movilidad de carga, una aplicación de la rueda que evolucionó al calor de miles de años de civilización y de mercado. Sorprende la diversidad de formas, adaptaciones e interpretaciones que ha sufrido según el campo de especialidad donde se encuentre operando. Así fue como comenzó el desarrollo de un kit que permitiera operar actividades culturales dentro y fuera del museo.

A pesar de tratarse de un concepto simple, el programa de diseño puede volverse bastante complejo, según el seguimiento al crecimiento del proyecto y qué tanto se considere el tema de la vida útil vs. el programa educativo y otras inquietudes que pueda tener el interesado. Es importante hacer entrevistas para entender cuales son los puntos de mayor fricción dentro de una rutina de trabajo para poder proponer dentro del diseño solución a aquellos detalles que hacen toda la diferencia.

Para producir una idea y replantear un objeto cotidiano hay que tener el respaldo técnico adecuado. Cabe mencionarse en este punto que los costos de algo customizado o artesanal fácilmente se quintuplican de lo que dicta el mercado, por los detalles, la prueba y el error, haciendo también que los honorarios sean difíciles de estimar.

Esta idea no logró conformarse con el primer impulso, a pesar de haber explorado una serie de caminos, la unidad móvil de descontextualización de objetos quedó en el tintero; considero que debido a una falta de claridad de lo que se podía hacer, y que no se concretó en un presupuesto que ayudara a formalizar la propuesta.

Posteriormente, comisioné una pieza de arte multimedia con el artista Ernesto Romero, La Constelación es un sistema electrónico para la dirección de improvisaciones musicales acústicas. Tiene un componente didáctico muy fuerte ya que dicta instrucciones básicas por medio de luces LED donde al intérprete se le indica cuándo y qué tan fuerte debe de tocar un instrumento, dejando plena libertad para la improvisación. Esta pieza se ha presentado en varios espacios culturales y genera muy buena comunicación grupal, asistí un par de veces para verla en funcionamiento y poder entender los retos de montaje que implicarían en un espacio itinerante. Generalmente no me gusta integrar elementos electrónicos porque les encanta descomponerse, ya de por si son complicados de operar en un museo donde todo debería de funcionar a la perfección, ahora en un proyecto donde hasta el suministro eléctrico es un reto… es algo que debe pensarse dos veces.

Finalmente lo propusimos en el marco de una exhibición integral que curé, y así fue como encontré oportunidad de desarrollar el diablito, el proyecto debía contemplar espacio para almacenar cables, instrumentos musicales y consola para 16 personas y servir dentro de una estructura inflable (Frijolitos).

Lo primero fue entender la consola electrónica. Hablamos con el artista para que desarrollara una maqueta que después mandamos a producir en acrílico. Una vez teniendo la caja podíamos mandar a hacer el diablito que contempló un diseño especial para sostener la caja y que estuviera nivelado, además de tener dos posiciones: Horizontal para llenado y vaciado, vertical para transportación y operación. Todo el material se buscó para tener características de uso rudo. Y se logró un producto de calidad que se arma en menos de una hora y se guarda igualmente.

Sin duda lo más difícil en el diseño es soltar, entender y comunicar lo que es esencial en un proyecto para que otros aportes se sumen desde distintos puntos de experiencia y conocimiento. Uno no quiere perder control sobre una idea que se siente propia. Hubo un momento crucial cerca del cierre del proyecto, llevé la caja del diablito a rotular con un Don José, a quien conocí en el Parián de Tlaquepaque un año antes, lo vi pasar en su bicicleta y sus letras con las que anunciaba el oficio me obsesionaron, desde entonces quise tener la excusa perfecta para trabajar con él. Fui con él con una idea romántica, aunque según yo estaba súper aterrizada, le iba a explicar detalladamente el funcionamiento de la instalación a este hombre imaginativo y el resolvería mis problemas. Lo primero que descubrí fue que esa decisión era un problema porque no estaba definiendo nada.

Afortunadamente Don José fue ignorando cada cosa boba que yo le proponía, hizo lo que quiso. Yo no quería ser grosero y encaucé las cosas lo más que pude atendiendo otros asuntos que el proyecto demandaba. Además tenía que respetar la decisión de que esto fuera un producto visual de otra naturaleza.

Cuando Jesús terminó yo estaba hecho nudos, muy frustrado y sin comer, me llevé mi diablito camino al coche y mientras andaba veía las miradas de la gente al pasar, luego paré por un elote para acallar el hambre aunque fuera, y dejé la unidad a unos pasos, para no estorbar en la fila. Cuando conseguí mi elote vi el diablito, robando miradas como loco, haciendo tráfico, luciendo sabroso, los niños lo tocaban, lo rodeaban. Todos esperaban que hiciera algo. El dispositivo hablaba y todos querían entenderlo.